Los niños, tal y como demuestran los estudios realizados por destacados psiquiatras en todo el mundo, conservan especialmente en su primera infancia, una memoria de raza que les fuerza a evitar las proteínas animales. Esta memoria está condicionada por las informaciones socio-familiares y poco a poco, a medida que transcurren los años y se va modificando la dieta, finalmente se cancela.
La memoria de raza nos impulsa a seleccionar de forma espontánea y natural los alimentos más adecuados a las primeras necesidades. Esto se contrapone con la insistencia de muchas mamás en proporcionar a sus hijos, cada vez más prematuramente ternera, pollo o pescado. Sin ninguna duda, estas madres lo hacen con la mejor intención y se basan en la creencia transmitida a nivel popular, de que las proteínas animales nos hacen crecer fuertes y sanos.